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Gemma Vilahur i Sebastià Alcover

27/05/2026

Un tratamiento con omega-3 purificado reduce el daño cardíaco tras un infarto al actuar directamente sobre el corazón

Un tipo de ácido graso omega-3 presente en el pescado azul, utilizado en forma de medicamento para reducir los triglicéridos, podría proteger directamente al corazón tras un infarto. Un estudio liderado por el Instituto de Investigación Sant Pau (IR Sant Pau) demuestra que el éster etílico del ácido eicosapentaenoico (EPA-E) reduce el daño cardíaco a través de mecanismos que van más allá de su efecto sobre los lípidos en sangre.

El trabajo, publicado en la revista European Heart Journal, muestra que este compuesto no solo mejora el perfil lipídico, sino que actúa directamente sobre el tejido cardíaco lesionado, modulando procesos clave como la inflamación, el metabolismo celular y el estrés oxidativo, todos ellos determinantes en la evolución del infarto.

Estos resultados se alinean con los observados en ensayos clínicos previos, como el estudio REDUCE-IT, en los que este tipo de tratamiento ha demostrado reducir eventos cardiovasculares en pacientes con hipertrigliceridemia —una alteración frecuente, presente en cerca de un tercio de la población, asociada a un mayor riesgo cardiovascular incluso en personas con niveles de colesterol LDL controlados—, aunque el alcance de este beneficio no puede explicarse únicamente por la reducción de los triglicéridos circulantes.

«Hasta ahora sabíamos que este tratamiento ayudaba a reducir el riesgo cardiovascular, pero nuestros resultados indican que su efecto es mucho más amplio. Actúa directamente sobre el corazón infartado, favoreciendo mecanismos que limitan la lesión y mejoran la respuesta del tejido tras un infarto», explica la Dra. Gemma Vilahur, jefa del grupo de investigación en Patología Molecular y Terapéutica de las Enfermedades Aterotrombóticas del IR Sant Pau y del grupo del Centro de Investigación Biomédica en Red de Enfermedades Cardiovasculares (CIBERCV), autora principal del estudio.

La investigación, cuyo primer autor es el doctorando Sebastià Alcover, aporta así una nueva perspectiva sobre el papel de este tipo de compuestos en la protección cardiovascular, al demostrar que su beneficio no se limita al control de los triglicéridos, sino que implica mecanismos directos sobre el tejido cardíaco que condicionan la evolución del infarto.

Un efecto protector independiente de los triglicéridos

El estudio se desarrolló en un modelo experimental en ratas que reproduce una situación frecuente en la práctica clínica, como es la presencia de niveles elevados de triglicéridos en sangre asociados a un mayor riesgo de infarto. Para ello, los investigadores indujeron este aumento de triglicéridos mediante una dieta rica en carbohidratos durante varias semanas y, una vez establecida esta alteración metabólica, administraron EPA-E a una parte de los animales durante dos semanas, mientras que el resto no recibió tratamiento.

Tras este periodo, indujeron de forma controlada un infarto de miocardio mediante la oclusión temporal de una arteria coronaria y analizaron la evolución del daño cardíaco en las 24 horas posteriores. Este enfoque permitió estudiar en condiciones controladas tanto el efecto del tratamiento como la respuesta del tejido cardíaco tras el infarto.

Los datos obtenidos indicaron que los animales tratados presentaban un tamaño de infarto significativamente menor que los no tratados, lo que refleja una menor extensión del daño en el tejido cardíaco. Además, la mortalidad asociada al infarto se redujo prácticamente a la mitad en los animales tratados (29 %) en comparación con los no tratados (56 %), acercándose a los valores observados en el grupo control (13 %), aunque no llegó a ser estadísticamente significativa.

Uno de los hallazgos más relevantes del trabajo fue que estos beneficios no se relacionaron con los niveles de triglicéridos en sangre. De hecho, no se observó ninguna asociación entre la concentración de triglicéridos y la magnitud del daño cardíaco o la supervivencia tras el infarto. Esto sugiere que la reducción del daño no depende exclusivamente del descenso de estos lípidos, sino que el tratamiento ejerce efectos adicionales directamente sobre el corazón.

«Este resultado es relevante porque ayuda a explicar por qué este tratamiento ha demostrado beneficios en pacientes incluso cuando los triglicéridos no son especialmente elevados», señala Sebastià Alcover. Este resultado cuestiona la idea de que la reducción de triglicéridos sea el principal mecanismo de beneficio de este tratamiento y refuerza la hipótesis de que EPA-E ejerce un efecto protector directo sobre el tejido cardíaco.

Menos daño y mejor respuesta del tejido cardíaco

Más allá de la reducción del daño inicial, el estudio muestra que EPA-E interviene en los procesos que determinan cómo el corazón responde y se repara tras un infarto. Tras la interrupción del riego sanguíneo, el tejido cardíaco entra en una fase crítica en la que se combinan la muerte celular, la acumulación de lípidos y una respuesta inflamatoria intensa que, si es desproporcionada, puede agravar la lesión.

Los investigadores observaron que reduce la acumulación de lípidos en el tejido cardíaco y limita la muerte de los cardiomiocitos, dos factores directamente implicados en la extensión del daño. También comprobaron una menor activación de los procesos que conducen a la fibrosis, lo que sugiere una mejor preservación de la estructura del corazón tras el infarto.

El análisis del tejido mostró además una reducción significativa de la infiltración de células inflamatorias, cercana al 50 %, junto con un aumento de múltiples señales asociadas a la resolución de la inflamación. Este cambio indica que el tratamiento no solo atenúa la respuesta inflamatoria inicial, sino que favorece una transición más rápida hacia fases de reparación.

«El corazón no solo sufre menos daño, sino que responde de forma diferente. Vemos una respuesta inflamatoria más controlada y mejor orientada a la reparación, lo que probablemente contribuye a limitar las secuelas del infarto», explica Sebastià Alcover. En conjunto, estos resultados refuerzan la idea de que modifica la forma en que el corazón responde al infarto, favoreciendo una recuperación más eficaz del tejido.

Impacto en el metabolismo y la función celular

El estudio también identifica efectos relevantes a nivel celular y metabólico, que ayudan a explicar cómo el tratamiento protege al corazón más allá del daño inicial. Tras un infarto, las células cardíacas ven comprometida su capacidad para producir energía, lo que favorece la acumulación de metabolitos asociados al estrés y agrava la lesión del tejido cardíaco.

En este sentido, los investigadores observaron que el tratamiento contribuye a preservar la función de las mitocondrias, las estructuras responsables de generar energía en las células, y a reducir el estrés oxidativo, uno de los principales mecanismos de daño tras un episodio isquémico. Además, el análisis metabólico mostró cambios compatibles con un uso más eficiente de la energía por parte del tejido cardíaco lesionado.

El estudio también evidenció una remodelación del perfil lipídico del corazón, con un aumento de compuestos asociados a efectos protectores y una reducción de otros relacionados con la inflamación y el daño celular. Este efecto podría estar relacionado, entre otros factores, con la capacidad del compuesto para incorporarse a las membranas de las células cardíacas y desplazar lípidos con mayor potencial proinflamatorio.

«Estos resultados indican que el tratamiento no solo actúa sobre la lesión visible del infarto, sino también sobre el funcionamiento interno de las células, mejorando su capacidad para adaptarse al daño», señala la Dra. Gemma Vilahur.

Estos hallazgos permiten entender mejor por qué el tratamiento mantiene su efecto protector incluso cuando los cambios en los triglicéridos no explican por sí solos la mejora observada. Al actuar sobre la producción de energía, el equilibrio lipídico y la respuesta celular al estrés, EPA-E contribuye a que el tejido cardíaco tolere mejor la falta de oxígeno y limite el daño asociado al infarto, favoreciendo una recuperación más eficiente.

Nuevas vías para la prevención cardiovascular

Los resultados del estudio aportan una base mecanística que ayuda a entender por qué el tratamiento ha demostrado beneficios en ensayos clínicos previos, incluso cuando la reducción de triglicéridos no explica por sí sola la magnitud del efecto observado. En este sentido, el trabajo sugiere que su impacto clínico podría depender en gran medida de su capacidad para actuar directamente sobre el tejido cardíaco y modificar la respuesta del corazón al infarto.

Aunque estos hallazgos deberán confirmarse en estudios clínicos en humanos, el estudio plantea un cambio de enfoque en la prevención cardiovascular, al apuntar que el beneficio de este tipo de terapias podría no limitarse al control de los factores de riesgo, sino también a su capacidad para reducir el daño cuando el infarto ya se ha producido y mejorar la recuperación del tejido cardíaco.

Artículo de referencia:

Alcover S, Ramos-Regalado L, Muñoz-García N, Girón GO, Otero S, López S, Padro T, Badimon L, Vilahur G. Eicosapentaenoic acid ethyl ester, cardiac metabolomic and lipidomic signatures, and cardioprotection in myocardial infarction. Eur Heart J 2026. https://doi.org/10.1093/eurheartj/ehag187

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